letramientos subjetivos

NOTAS INCONCLUSIVAS PARA LECTORES EN TRÁNSITO
Mostrando las entradas con la etiqueta [...] poetas uruguayos en la diáspora. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta [...] poetas uruguayos en la diáspora. Mostrar todas las entradas

Uruguay en Gotemburgo

Hoy tengo el placer de postar un conjunto de versos sobre el exilio, gentilmente cedidos para el blog por el poeta uruguayo Hebert Abimorad, residente en Gotembugo. La distancia entre Porto Alegre y Montevideo, y más aún, de Gotemburgo, hicieron que su obra fuese para mí, hasta el momento, totalmente desconocida. No fue poca mi sorpresa al entrar en su página -que encanta al lector desde el vamos, por su sobria belleza y cuidadosa propuesta estética, que ya merece de por sí varias visitas detenidísimas- no fue poca mi sorpresa entonces al depararme con una obra densa y consolidada, que va mucho más allá de la autoreferida frugalidad de los poemas. Nos encontramos allí en presencia de la obra de un autor en el sentido último de la palabra, de la construcción de un estilo, con su verdadera etimologia de "estilete" (corte, marca) que hace de la heteromía su más rico juego poético. Estoy en deuda entonces con el autor, por postar tan pequeña referencia de una obra de ese calibre, pero confío en que los lectores harán su debida visita a la página de Abimorad para descubrir por si mismos la carismática propuesta de este autor.



EL VIENTO


El viento golpea
Mi cara desnuda/ Una y otra vez
Encojo mis hombros/ Frunzo mi boca
El viento golpea/ Una y otra vez
A la distancia/ Una brisa
Cálida y sonora/ que se detiene
En el viento frío
Que golpea mi cara/ Una y otra vez.




LOS MÍOS


allí estaban
con la brisa de diciembre
entre manos y pañuelos
allí estaban
allí estaban los míos
un corto silencio
pedí disculpas por la demora
y retomamos la conversación


HEBERT ABIMORAD
de Poemas Frugálicos, ediciones Libertarias España 2006


Visite el site del escritor
http://www.abimorad.just.nu/

la falta del otro...más vértigos

La lectura de Vértigo (ver el postaje anterior) me recordó un poema o breve relato que escribí hace mucho tiempo. Hubo una primera imagen, escrita en los primeros años de vivir en Porto Alegre, que era la de la mujer, el perro, la catedral. El texto quedó sin conclusión hasta 2009. En ese año tuve la oportunidad de conocer, por mi trabajo, a una migrante transexual, que no tenía casa, vivía en los hoteles de la ciudad, y con la cual mantuve largas conversaciones, una de ellas, memorable, dentro de una pequeña iglesia. A partir de ese encuentro tan poco convencional, recuperé el trocito de poema, que así tomó su forma actual. No resisto la tentación de postarlo aqui, porque parece hacer un diálogo complementar con el cuento anterior de Duilio.
Yo creo firmemente en las interconexiones literarias, un texto siempre lleva a otro. Es por eso que este blog es una invitación a la lecto/escritura permanente. Salut!

LA MALAMADA

aquí la íntima carne

vencida de esperarlo

huye del hambre del perro de la calle

la malamada corre con su blusa de lana

por la ciudad arisca

las palomas se caen como sombras de los negros balcones

las dalias se resecan en los muros de tierra

y en la feria se queman las últimas manzanas

el olor rancio a café se mezcla con el wisky

y las flores de los bares

mientras la malamanda espera en las esquinas del mundo

a su hombre que nunca vino a arrebatarle

la soledad amarga de los niños sin padre

sin saber donde ha sido el país de las violetas

buscando para siempre las cinco de la tarde

la malamada se deshace como un jazmin que cae

por el desagüe sucio

a la deriva del cielo

a donde mundo se han llevado el amor

pregunta inmensa

y me han dejado tan sola en la garganta

en la pequeña calle

la catedral retumba de ladridos y pasos


(Verónica Pérez, Intermitencias 2009)

Los Emigrados

por Alfredo Fressia

Mandamos decir:

No pasa nuestra historia por la húmeda
Galicia de las madres ni conoce el padre
su Lombardía alcohólica. Los días
se habían exiliado en su orden de partida
y nunca fueron nuestras las líneas de las manos.
La bahía en que la madre pobre nos nació
de cara al mar para mejor aprender el abandono
nos sube todavía hasta los ojos y el pasado
tramaba desde siempre la futura
geografía del polvo sin idioma.
Tampoco se arrepienten las cifras del dolor
ni es nuestro el inverso correo de las sombras
veladas en las fotos que nos borran
la cara del planeta.

(De Noticias extranjeras, Montevideo: Ediciones del Mirador, 1984)

El contador de historias

por Verónica Pérez

ah viejo alado de silueta tan blanca
caminás todavía a la sombra de la higuera
el bastón emparentado con las mismas ramas de la muerte
que hoy se sacuden solas por mi inexistente glándula pineal
qué humanos improperios guardabas
bajo la boina proletaria
cuando mirabas tus dedos cortados por el imperio ferroviario
ya no contaste más historias de mansa nieve bucovina
pasaste a esconder el otoño bajo el oro del alcohol
los restos de polilla muerta bajo el peso de tu dedo
desautorizaban con polvo de estrella
tu mentira final
nada sabremos - yo te prometo -
de tus pálidos huérfanos
de sus ojos pegados a los muelles del trasfondo
porque el padre no bajaba nunca del navío varado
y había aún el dolor de dos madres
que se saludaban pequeñas en el medio del mar
que diferencia habrá sin embargo
si aquí o allá morían mariposas sin nombre
y toda tu raza se te volvía arena
entre una orilla y otra
de la verdad

Porto Alegre, 31/11/2009


Verónica Pérez:Nací en Montevideo en 1969. Integrante del Taller Universo entre 1991 y 1995 (Montevideo, Uruguay) publiqué mis primeros relatos en el volumen colectivo Hijos de Nadie (1993) y a continuación, di a conocer los primeros poemas/prosa en el libro unitario Que la noche se comporte por mí (1994). Actualmente vivo en Porto Alegre, Brasil, soy psicoanalista, y continúo dedicándome a la poesía. El texto postado corresponde a la serie Genealogías(Porto Alegre,2009). Otras publicaciones pueden ser leídas en el blog personal http://vaivenesinterludiosintermitencias.blogspot.com

Cuenta regresiva y La olvidadiza

Cuenta Regresiva

En mayo de 2009 recibí de una segunda madrepatria, ni siempre tan gentil, carta anunciándome que tendría, de ahí en adelante, nueva identidad. El intervalo de días entre esa comunicación y su acto jurídico correspondiente, me dejó varada en un puerto muy neblinoso, de dificultosa descripción. Pasé a perderme en las calles de una ciudad que ya conocía de memoria, y mi presencia física se especificaba siempre una hora antes o una hora después del conteo de todos los relojes. Cuando finalmente recibí el documento confirmé, como temía, que no traía en su lado opuesto un manual ilustrativo con los efectos biológicos y fisicoquímicos de esa transformación. Nadie supo decirme quien no era. Volví a casa con una especie de sentimiento odiseico. Como si hubiera viajado durante décadas por mares monstruosos y llegase finalmente a una Itaca donde, sin embargo, nadie me esperaba. Nadie, pero en fin, algunos fantasmas mal dibujados, me rodearon el asombro. Mi abuela probablemente, luminosamente reconocible por su columna de flores en coloración carmesí; las tías escondidas bajo apesadumbrados tules, exhalaban unánime disgusto por el exotismo del calor. Sólo la niña de capelina azul, bajada directamente del bus de mis crónicas adolescentes, parecía ajena a la maldad del sol. Fue la única que me apuntó, parsimoniosamente, el camino a seguir. Llegué a casa, prendí el micro, y escribí estos versos, “previamente llorados”, como dijo el buen maestro. Después vino el blog.


La olvidadiza

Yo tenía un país amarillento
un fugaz accidente geográfico donde poner el sol
cuando la verdad se me moría de verguenza
su luz era lejana pero ardía como lenta madera de descomposición
descomprimiendo las represas del verano bajo mis pies
o lloviendo de a ratos la luminosidad de las tardes invernales
las cenizas que restaban me pintaban los dedos de silencio
caducaban en una tierrita que se podía guardar
en apretadas cajitas de madreperla cuando nos lanzábamos al mar
como azules odiseos
el país era bello cuando el color venía y ponía una amapola granate
en la corona del sol
el corazón de mi gente se incendiaba de impaciencia
cuando cortaban sin permiso la cabeza de su rey
o ponían pasionarias en la punta de las cometas
para que volaran un poco más allá de las mañanas
nada más recuerdo de ese país de asombros
me olvidé del color de los jazmines en invierno
o el gusto de las tibias baldozas en febrero
tal vez se me han borrado de pura intermitencia
los edificios bajos las grises mediatardes
el muelle ensordecido de tiempo y lejanía
las soleadas placitas impasibles
la tibieza de oruga sempiterna
la simplicidad del pájaro andador
en los confines remotos de un verano

Porto Alegre, 2009